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Reportaje


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CANDAMO

DESCUBRIENDO  EL PARAÍSO

                                                                   Por: Walter H. Wust

 

"Dicen que en el principio del tiempo todas las cosas eran gente, como nosotros. Las estrellas vivían en la Tierra y llevaban una vida de ocio y promiscuidad, molestando a las mujeres de las demás criaturas. Un día, los dioses, cansados de tal comportamiento, decidieron imponerles un castigo eterno y ejemplar. Ordenaron a todas las estrellas hembra que dejaran la Tierra para vivir en el oscuro cielo, iluminando los bosques con su resplandor. Desde entonces, las estrellas macho se quedaron en la Tierra habitando las selvas y sufriendo la soledad de vivir sin sus parejas. Fue así como nacieron las luciérnagas. Dicen también que desde entonces, cada vez que una estrella fugaz aparece en el cielo, todas las luciérnagas vuelan a su encuentro con la esperanza de que sea su amada quien escapó del cielo para darles el encuentro".

 

Las leyendas y cuentos como éste pueden parecer frágiles y difíciles de preservar; sin embargo, son tan sólidos en la cosmovisión nativa como la más dura de las maderas o las grandes piedras del río. Ellas representan la tradición oral de los pueblos amazónicos, su identidad y un nexo con los dioses y sus antepasados. Gracias a ellas, nativos como Mañuco y Mishaja aprendieron de sus padres que la tortuga taricaya es amiga del hombre y que vela por nosotros ante la temible anguila; que ciertas lianas pueden dar agua al caminante sediento o que el canto de pinsha, el tucán anuncia la llegada de las lluvias.

 

Son cerca de las diez de la noche y la fogata alumbra tenuemente el claro de la Comunidad Nativa de Infierno, a tres horas de viaje en canoa desde la ciudad de Puerto Maldonado. Alrededor del fogón, sentados en cuclillas, una docena de hombres, mujeres y niños escuchan con atención los relatos de Mishaja. Los han oido centenares de veces pero cada noche es como si fuera la primera. En cada ocasión, y dependiendo por lo general del estado de ánimo del narrador, las historias se modifican y enriquecen: las carcajadas y comentarios del auditorio se suceden durante horas.

 

Mishaja, cuyo nombre de pila es Agustín, es uno de los cerca de seiscientos nativos Ese-eja que aún pueblan las selvas del suroriente peruano. Ellos, como muchas otras etnias amazónicas, ven amenazada la supervivencia de sus tradiciones y costumbres, la permanencia de su gente misma, a causa de los nuevos ritmos que impone la sociedad moderna.

 

Los bosques cercanos a la comunidad ya no son lo que eran antes. Los guacamayos evitan volar sobre sus casas y los grandes peces son tan raros en el río como los árboles en las grandes ciudades. Existe, sin embargo, un lugar donde la selva todavía es rica y exuberante, donde el hombre es tan sólo un raro visitante y donde la naturaleza dicta las normas, de la misma manera en que lo hizo desde hace milenios. Ese sitio se llama Candamo y es conocido hoy como "la última selva sin hombres".

 

Hasta hace algunas semanas, muy pocos sabían de la existencia de bosques tropicales en el sureño departamento de Puno, vinculado siempre -casi por asociación directa- a las aguas quietas y azules del gran lago Titicaca y a los sombreros en forma de hongo de las campesinas del Altiplano.

 

Agustín Mishaja fue quizás el primero de los nativos Ese-eja en conocer estas tierras lejanas. Con sólo diez años de edad y cargado apenas con su pequeño arco y algunas flechas, acompañó a su padre en un viaje a las remotas tierras de altura, con el objeto de explorar nuevas regiones para la caza y pesca. Su pueblo -antaño nómade- requería cambiar de lugar a consecuencia del progresivo agotamiento de la caza en torno a la pequeña aldea, ubicada entonces en algún lugar en las cabeceras de los ríos Chuncho y La Torre.

 

En aquella ocasión, Agustín y su padre caminaron durante semanas a través de bosques vírgenes y ríos intactos, recorriendo zonas que jamás habían visto hombre alguno. Llegaron finalmente hasta un pequeño asentamiento de colonos enfrascados en la tala y aserrío de madera. Fue aquella la primera vez que Agustín vio a un hombre occidental. Casi cuatro décadas más tarde, el campamento tomaría el nombre de Sandia, convirtiéndose en el principal poblado de avanzada en la selva de montaña de Puno.

 

Pero Agustín y su padre volvieron pronto a los bosques. De regreso a casa hablaron a su gente de la presencia del hombre blanco en las partes altas de los ríos, de las modernas sierras y de herramientas que jamás antes habían visto. Agustín, sin embargo, quedó profundamente impresionado por los bosques que había conocido. Ese grupo de atareados colonos sí que eran una novedad para él, pero las maravillosas selvas por las que caminó superaban largamente su capacidad de admiración. Nunca antes había observado tantos guacamayos, tantos tapires o tantos venados en una misma zona; allí los peces nadaban tranquilos en las cristalinas aguas del río y hasta el elusivo jaguar se mostraba a los viajeros, obligándolos hasta en dos ocasiones a huir por el río ante la presencia amenazante del mayor de los depredadores de la selva.

 

Viaje al fin del mundo

Los bosques del Candamo se ubican en el extremo sur del departamento de Puno, a una altura aproximada de 850 msnm.  Acceder a ellos es toda una aventura, un viaje casi épico, que implica recorrer más de 300 kilómetros de serpenteantes ríos sorteando cascadas, peligrosas correntadas y aguas plagadas de rayas y anguilas eléctricas. El viaje se inicia en la ruidosa ciudad de Puerto Maldonado, ubicada en la confluencia de los ríos Tambopata y Madre de Dios. A bordo de alguna de las canoas de alquiler, por lo general equipada con un motor fuera de borda, algunos cilindros de combustible y el clásico peque-peque como motor de repuesto, el recorrido nos lleva aguas arriba del Tambopata durante una jornada completa. Al finalizar el primer día de viaje, habremos dejado atrás las tierras de la Comunidad Nativa de Infierno y las desembocaduras de los ríos La Torre, Malinowski y Chuncho, para acampar en las tranquilas playas de arena del Alto Tambopata, ya lejos del último asentamiento humano en la zona.

 

El día siguiente se inicia dejando atrás el Tambopata para ingresar, siempre aguas arriba, al escénico río Távara, un tributario de aguas cristalinas que desciende labrando las montañas y formando un espectacular cañón entre los exuberantes bosques tropicales. Ascender el río Távara es una faena reservada sólo para los motoristas más experimentados. Con sólo algunos pies de agua y fuertes corrientes, es preciso remontar innumerables pasos rocosos y, a menudo, deslizar las embarcaciones sobre troncos para superar los accidentes en el estrecho cauce de piedra.

 

Recorrer toda la longitud del Távara puede tomar, dependiendo de la pericia del botero y de la cantidad de agua en el río, entre uno y tres días, para finalmente llegar al punto donde el río se divide en dos afluentes aún más pequeños. A mano izquierda el caudaloso río Guacamayo, imposible de navegar debido a las enormes piedras que forman su cauce, y a mano derecha el Candamo, nuestro destino.

 

El bosque encantado

Durante los primeros kilómetros aguas arriba del Candamo, la situación varía muy poco en relación al Távara, con abundantes cascadas y pasos de gran dificultad. Sin embargo, al cabo de algunas horas el cauce se hace más profundo permitiendo la navegación incluso con el motor fuera de borda. Es aquí, en un escenario natural de belleza indescriptible rodeado por montañas, que el valle se ensancha hasta formar una suerte de olla o planicie ondulada de gran extensión. Una zona que, incluso con la ayuda de imágenes de satélite, es imposible de observar debido a la constante capa de nubes que la cubre de manera casi permanente. Es por esta razón que los investigadores bautizaron a esta zona simplemente como "La Nube".

 

En las profundidades del Candamo, a casi cinco jornadas de viaje por río, y en el corazón de una región de casi un millón de hectáreas donde la presencia humana es nula, la naturaleza ha desplegado toda su vitalidad. Las playas de piedra pulida son el hogar de manadas de ronsocos, los mayores roedores del mundo, que compiten por los brotes tiernos con tapires y venados colorados. Las aguas quietas y cristalinas son albergue de gigantescos zúngaros negros y cardúmenes de pacos, sábalos y doncellas, así como el territorio de caza de lagartos y las mayores nutrias de la Tierra: los lobos de río. El bosque adyacente, denso y casi impenetrable, sirve de refugio a tigrillos, pumas y jaguares, que recorren sus dominios siguiendo a las grandes manadas de sajinos y huanganas. Los árboles son el hogar del perezoso y el oso hormiguero, el puercoespín y los coatíes, además de una legión de aves que parecen competir en colorido y originalidad: pavas de monte cuyo canto imita la caída de un gran árbol, bulliciosos loros y guacamayos, tucanes con picos que parecen haber sido decorados por artistas modernos y pequeñas tangaras cuyos plumajes reproducen los colores del arco iris matizados con brillos metálicos y atornasolados.

 

En suma, el sueño realizado de un naturalista e irónicamente, la tierra añorada por nativos a quienes las imágenes de las selvas intactas les son cada vez más ajenas.

 

Mishaja, retira el último leño del fogón y cuidadosamente lo frota sobre la tierra húmeda para evitar que se consuma innecesariamente. Es hora de dormir y los niños parten somnolientos con sus madres a casa. La luna ilumina con inusitada fuerza aquel claro en la comunidad de Infierno y, una vez más, los dos amigos fuman un cigarro observando el río en silencio. No son necesarias las palabras. Un sólo pensamiento ocupa sus mentes y acogerá sus sueños esta noche. Algún día volveremos al Candamo.

 

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